De anécdotas, fiestas e intuiciones
"Es increíble, lo importante que es el futuro en España y la poca importancia que tiene fuera", le dice una chica a un chico italiano. Él se atusa la barba. Parece que están intenpretando un guión. "Si te digo la verdad, como nunca he sabido donde iba a terminar".
-Os voy a contar una cosa. Dice él.
"Hace años hice el camino de Santiago. Tenía una ruta prefijada y más o menos sabía a donde iba. Pero una noche de niebla me perdí, anduve así casi hasta el amanecer y con la luz me dí cuenta que había montones de sañales, pequeñas flechas amarillas que estaban por todas partes en el camino, que me había acompañado todo el tiempo. Estaban allí, y no había reparado en ellas hasta que anduve perdido. Así es un poco la vida, está repartida de pequeñas flechas que nos dicen por donde tenemos que ir, pero sólo nos fijamos en ellas cuando buscamos.
"Otras cosas en esta vida me han ratificado en que ya existían pistas de lo iba a hacer. Cuando llegué a Barcelona me eché una novia, su madre me trajo un llavero de Estambul. Me gustaba ese llavero, pero un día se rompió y fue a parar a una caja de herramientas. De eso hace casi dos años. Hoy en Granada, en mi casa fuí a coger un destornillador y me topé de nuevo con el llavero. Hasta entonces no había reparado en su forma. Tenía forma de fruta. Y ahora que la tenía ante mis ojos lo ví claro. ¿Sabéis que fruta era?".
La intuición, retrocreandose. Definiéndose así misma: una idea que parece que nuestro cerebro nos regala, un trabajo subterráneo que nunca llegamos a conocer del todo. Decía un filósofo que una filosofía requería una intuición y 30 años para desarrollarla.
Por supuesto no es un arma infalible, requiere, como dijo un artísta "que te pille trabajando", que andes, como decía el chaval del principio, horas y horas buscando el camino, para que, cuando llegue la luz, poder buscar las señales.
