Palabras
Últimamente no leo más que ataques a los pobres blogs. El último viene de la dramaturga norteamericana Joan Schenkar, autora de una biografía de la escritora Patricia Highsmith. Por lo que se ve su realización fue una travesía infernal para ella. Opiniones antisemitas radicales de Highsmith a parte (con toda la satisfación que tuvo que dar el hacerse eco de ellas a la judía Schenkar, aunque sólo sea para rebatirlas), la escritora tenía un carácter endiablado que vertía en forma de veneno en diarios y papeles íntimos que escribió con todas sus estrañas. Consultarlos, leerlos, tener que sumergirse en las bilis de alguien tan enrevesado dejaba anímicamente exhausta a la biógrafa. Pero también le ha dejado la sensación confusa de alguien que te lo ha dicho todo, rabiando, pero a la vez sabiendose sacar de sí misma tanto, que muy pocos son capaces de hacer algo así. Un alarde de sinceridad ,que la ha transformado en indiferente a los derroches de confesiones íntimas que pudiera tener alrededor y la ha llevado despotricar, por extensión, contra los blogs: "La redacción de una biografía de estas características será imposible en el futuro, pues faltarán diarios, ya que cuanto aparece en los blogs, en Internet, se parece más a un baile de máscaras que a confesiones sinceras".
No es este un punto de partida para defenderme, por considerar que todos estos años que llevo escribiendo en blogs no han sido un "baile de máscaras". Antes no había Internet, así que también he sido de cuadernos, montones de ellos que están abandonados (y que probablemente un día tiraré). De ellos saqué, que la máscara más importante que uno se tiene que quitar es la que te pones ante tí mismo. Que importa que se escriba con más público mirando.
Escribir tiene sus épocas y sus momentos impulsados por rábia, desahogo, aficción. ..Pero raramente se echa mano al boli cuando se es feliz. Si tuviera que justificar porque siempre he escrito, diría que en cierto momento descubrí que escribir me ayuda a poner en orden mis pensamientos. Primero me gusta sentir ,después me gusta intentar acercarme a lo que he sentido y por último escribir a ver si tengo suerte a que con palabras me aproxime a describir todo lo anterior. Es un ciclo que depende de cada cual. En algunos/as, el sentimiento lo llena todo y no tienen que hacer ese juego de muñecas rusas que he descrito antes. Otros/as están en otra dimensión y sus palabras, sus sentimientos son uno. Creo que no estoy en ninguno de los dos extremos.
Hace tiempo descubrí que escribir, lo que pongo aquí y allá, no me va a salvar. Es cierto que encontré, vamos a llamarlo así, un sujeto reflexivo dentro, un alter ego, que se expresa por escrito y dice muchas cosas con una claridad que a veces me gustaría decir en voz alta: reflexiones, una oponión, palabras que en muchas ocasiones satisfacería a los que están alrededor y que no siempre me salen. De todas formas creo que una clarificación de ideas que van acompañandole a uno y le ayudan a vivir, no siempre valen para los demás. Tampoco creo que a estas alturas esa baza me ayude mucho. Hay una tendencia generalizada a que cada uno tenga su papel y no suele gustar que la gente se salga del guión. Reescribirlo.
Pero si pienso que las palabras son importantes, las que pensamos, las que escribimos, las que leemos. Siempre que se toca fondo, aunque se oculten en lo más recóndito del inconsciente, nos van a hacer más humanos (siempre partiendo de una buena base) y sobre todo nos van a ayudar. Y más ahora, que tiene pinta de que se nos avecinan momentos chungos. Luego está la soledad. Si fuera profesor de literatura no les haría a los alumnos leer libros de siglos pasados, ni aburridos clásico. Me tiraría todo el año haciéndoles entender que hay muchos momentos en la vida que se está muy solo, por obligación y por deseo y que de vez en cuando hay que echar mano de lo mucho o lo poco de vida interior que a pasitos uno se ha ido haciendo. Y es que las palabras consiguen, en cierta manera, guiar esa vida interior. Con eso creo que tendría tarea para todo el año.
Supongo que fue en esos momentos, en soledad cuando Patricia Highsmith empezó a hacer recuento de amores frustrados, de relaciones de locura, a vomitar palabras aquí y allá. Y a inventarse a un tipo, un alter ego, llamado Ripley que permanecerá para siempre.
